"Volver al futuro" (1985)
"Beat It" (1982)
Recientemente, mientras leía entusiasmado a Alessandro Baricco, The Game (2018), tuve la impresión de estar haciendo un viaje en el tiempo otra vez: de nuevo, hacia atrás, hasta finales de 1970, cuando Space Invaders (1978) salió al mercado, revolucionando la industria de los videojuegos para siempre. Pero, aunque el autor nombra, en su texto, al videoclip y menciona a MTV y la revolución que trajo consigo el consumo de televisión por cable, queda muy limitado en el análisis de los fenómenos musicales-mediáticos pop. Sí, en su texto, el autor más bien sigue la línea de analizar el impacto de los videojuegos que derivan en juegos socio-digitales que, a su vez, se performativizan en todas las redes actuales. Pero cuando un autor intenta realizar un análisis cultural con tintes filosóficos, es importante que tome en consideración la totalidad del corpus de la producción cultural y, de ahí, seleccione únicamente los casos que se van a analizar.
A Baricco, al igual que a Murakami Haruki, les falta, entonces, escribir sobre música pop. Esto no pretende ser una crítica a dicho autor sino, más bien, una invitación a continuar con su trabajo. Porque, en su texto, Baricco hace reflexiones profundamente filosóficas, como la siguiente (que comparto completamente):
¿Hay un proyecto de humanidad detrás de los distintos Gates, Jobs, Bezos, Zuckerberg, Brin, Page, o tan solo hay brillantes ideas de negocios que producen, involuntariamente, y un poco al azar, cierta humanidad nueva?
(...) estamos generando una civilización muy brillante, incluso atractiva, pero que no parece capaz de soportar la onda expansiva de la realidad. (...) A base de entrenar habilidades ligeras —se empieza a pensar— estamos perdiendo la fuerza muscular necesaria para el 'cuerpo-a-cuerpo' con la realidad: de aquí una cierta tendencia a difuminar esta, a evitarla, a sustituirla con representaciones ligeras que adaptan sus contenidos y los hacen compatibles con nuestros dispositivos y con el tipo de inteligencia que se ha desarrollado con sus lógicas. ¿Estamos seguros de que no es una táctica suicida?
Cuando miembros de la generación z hemos criticado a los milenials y centenials por promover su "cultura de paz" y su "cero tolerancia" a las violencias digitales, lo hemos hecho con el convencimiento de que sus líneas de pensamiento y de acción no resultan operativas en el mundo real. Tan no funcionan que, por más indignación y condena que han generado en redes sociales los delitos promovidos por Jeffrey Epstein, no existe ni un sólo miembro de su lista que haya sido arrestado y judicializado al día de hoy. Así, se derrumba un mito: creer que el mundo real funciona como lo hacen las plataformas de juegos socio-digitales.
Cuando, en 1982, Quincy Jones invitó a Eddie Van Halen a participar como guitarrista de "Beat It" de Michael Jackson, literalmente estaba cambiando el futuro: el virtuosismo, la agresividad, la tensión rítmica y la distorsión del rock ingresaron al corazón del pop global. De ese cruce nació algo nuevo: una forma de cultura en la que la violencia dejó de aparecer únicamente como signo de ruptura anárquica o de escándalo social y comenzó a transformarse en una experiencia estética colectiva: la dureza, la ansiedad urbana, la competitividad y la presión psicológica de la vida capitalista contemporánea fueron integradas en la música comercial. No se huía del conflicto, ni se trataba de neutralizarlo: se le miraba a los ojos y se le aceptaba como una dimensión constitutiva de la experiencia humana real.
Un par de años después, Michael J. Fox, en su papel de Marty McFly, cruzaba esa línea al interpretar otro riff tras su presentación magistral de "Johnny B. Goode": de frente a sus padres, presentaba un sonido demasiado intenso para la época, pero, precisamente por ello, profético. El riff aparecía, entonces, para el espectador fílmico o televisivo, no sólo como una 'expresión juvenil' dislocada de otro tiempo sino como un advenimiento del futuro real: el instante en que se anuncia el porvenir de una realidad emocionalmente sobrecargada ("heavy"). "Otra vez esa palabra. ¿Por qué son 'pesadas' las cosas en el futuro?", preguntaba el Dr. Brown. Y no, no habría problemas de gravedad en el futuro sino problemas económicos, políticos y sociales que se tendrían que enfrentar.
Estas dos dimensiones, anunciadas por sendos riff, caracterizaron las décadas de 1980 y 1990 hasta que la depresión introspectiva del grunge sustituyó esa violencia exodérmica por el masoquismo culposo que derivó en el movimiento Emo. Esa transición culminaría con la constitución de una sensibilidad juvenil posmoderna en la que el conflicto ya no iba a aparecer como un enfrentamiento con el exterior o un desafío abierto con las autoridades sino como cierto tipo de sufrimiento interiorizado. El grito rockero se transformó en confesión vulnerable; la tensión social se psicologizó y medicó; y la rabia colectiva de los ochenta derivó en una estética afectiva centrada en la herida íntima, la fragilidad emocional y el masoquismo sentimental real. "Masticaré tu carne por ti”, dice Kurt Cobain en "Drain you", el himno de la extensión enferma del propio yo.

Por eso, las nuevas generaciones encuentran desconcertante la idea de la violencia exodérmica como una manifestación válida, política y real. Las nuevas generaciones han sido educadas para dirigir toda agresividad contra sí mismas antes que contra las estructuras reales de poder. Por eso, la clase gobernante se esmera en repetir el discurso "de la paz", mientras que el mundo (que nunca dejó de ser violento, jerárquico y conflictivo) intenta ajustarse a un nuevo orden multipolar.
Al mirar con los ojos del presente la década de 1980, podemos darnos cuenta de que lo único que cambió fue el modo de procesar simbólicamente la violencia del mundo real. Mientras la cultura rock-pop la exteriorizó y la convirtió en una experiencia colectiva (creando incluso identidad), la sensibilidad digital contemporánea tiende a moralizarla, suprimirla y descalificarla mediante protocolos afectivos de vigilancia emocional. Las IA moderan, censuran, amenazan, aplican pautas y directrices: son la muestra más clara de que no existe libertad ni de pensamiento ni de expresión en el mundo digital.
Por eso, los viejos riff resuenan décadas después. No porque glorifiquen la violencia en sí misma sino porque son registros de las pulsiones agresivas que identifican a todos los seres humanos, las cuales no van a desaparecer ni por decreto, ni por protocolo, ni por cancelación digital. El rock de aquella época prometía intensidad, fricción y confrontación con lo real. Y quizá ahí radique su vigencia: en haber entendido que "madurar" no consiste en construir un mundo sin conflicto sino en desarrollar la fuerza psíquica, estética y política necesaria para enfrentarse a él.
Saludos.
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